Gesto cotidiano y contradicción inicial
La paradoja empieza con un gesto que repetimos incontables veces al día: deslizar el dedo por el móvil eligiendo a qué le damos like.
Llevamos años defendiendo un discurso que pide una representación más real de la belleza en los medios y, dos segundos después, le regalamos un like a una cara impecable. ¿Hipocresía? No bien bien; podríamos hablar de tensión mal resuelta entre lo que responde a nuestros valores e ideales y lo que, sin darnos cuenta, nos gusta estéticamente. ¿Qué es la belleza? Te diría que cada persona tiene su propia idea de lo que es belleza, pero ¿qué la define? La belleza podría ser perfectamente un acuerdo entre cultura y biología, entre interpretación personal e influencia del contexto.
Biología y fluidez
Podemos hasta encontrar una explicación racional. El cerebro agradece lo fácil, en todos los aspectos. La Teoría del placer estético por fluidez de procesamiento lo explica: cuanto más sencillo es de procesar un estímulo (simetría, proporción, piel lisa, colores armoniosos) más tendemos a juzgarlo y etiquetarlo como “bello”. Sin entrar en valoraciones éticas, no es que sea mejor, es que estamos configurados para procesarlo mejor. La belleza, en este sentido, es también economía de energía. Y si a eso sumamos que lo “prototípico” (los rasgos estadísticamente frecuentes o armonizados) suele resultar más familiar, entendemos por qué ciertas caras parecen “correctas” de forma casi automática. Lo familiar tranquiliza; lo que tranquiliza, atrae.
Historia y efecto halo
Pero la cultura no se queda al margen. La belleza hegemónica funciona como un idioma de estatus: todos lo entendemos, nos guste o no. Aquí entran dos fuerzas: el “halo effect” (si alguien es guapo, le atribuimos más cualidades positivas) y la comparación social (miramos a los demás para calibrarnos).
El efecto halo tiene raíces antiguas: desde la kalokagathía griega hasta el imaginario cristiano. Occidente asoció lo bello con lo bueno; hoy la psicología social da ese nombre al sesgo.
La Raíz Filosófica: la kalokagathía
En la Grecia clásica, la kalokagathía unía lo bello (kalos) y lo bueno (agathos): no era solo apariencia, sino un ideal ético. La proporción y la simetría se entendían como signos de orden y medida, una forma de decir que el cuerpo alineado expresaba un mundo en equilibrio.
Con el cristianismo medieval, la belleza se leyó como reflejo de la perfección divina y lo deforme se asoció a veces con el pecado, la enfermedad o el desorden. Esa ecuación se fijó en el imaginario popular: lo luminoso como señal de virtud; lo irregular, de amenaza.
Seguimos arrastrando esa herencia. La psicología social lo nombra efecto halo: atribuimos competencias morales o intelectuales a quien encaja en el canon. La biología añade un matiz con el llamado sistema inmune conductual: una tendencia a evitar señales que interpretamos, a veces erróneamente, como riesgo. Lo que empezó como autoprotección puede transformarse en juicio moral.
Algoritmos y aspiración
En redes, esto se vuelve un círculo vicioso: premiamos con atención a quien encarna el canon de belleza porque representa un pequeño chute de aspiración, una promesa. ¿Cómo lo premiamos? Dándole al botón de “follow”. Y esa atención se traduce en valor económico, y el sistema nos devuelve más de lo mismo.
¿Entonces es todo biología y mercado? No exactamente. Hay otra capa: la aspiración como narrativa personal. Mirar a quien encarna el ideal no es solo desear su cara; es desear su vida. La belleza opera como un atajo simbólico a “éxito”, “control”, “seguridad”. Me gustaría decir que estamos por encima, pero tengo que admitir que yo también guardo en favoritos imágenes que son simplemente bonitas.
La contradicción
Entonces llega la contradicción: pedimos ver poros, arrugas, vello, tallas diversas… Y a la vez elevamos con nuestros clics lo que más se aleja de eso. ¿Incoherencia? Quizás. Pero en nuestra defensa diré que es una respuesta humana. Una parte de nosotros busca reconocimiento: “quiero ver cuerpos como el mío” y otra busca aspiración. No es fácil reconciliarlas. Además, lo que vemos en nuestras pantallas, a lo que estamos expuestos durante horas, no es neutral: los algoritmos amplifican aquello que ya concentra atención. Si el canon funciona como un imán, el sistema hará por mantenerlo así.
Hay teorías que ayudan a entender por qué lo aspiracional sigue teniendo éxito. Ciertas apariencias físicas comunican recursos (tiempo, dinero, disciplina, acceso). La belleza canónica, cuando se crea a través de tratamientos estéticos, tiempo y retoques, transmite un mensaje: “puedo permitírmelo”. Y ese mensaje, en sociedades desiguales, es muy potente.
Inclusión lenta
Por eso la inclusión real es un proceso lento. Y sí, en el camino habrá días en que volvamos al refugio del canon. No pasa nada. Lo importante no es negar la atracción por lo hegemónico, sería negar algo bastante humano, sino relativizar su centralidad.
¿Y cómo convivir con la paradoja sin convertirla en culpa? Me pregunto si la respuesta pasa por aceptar que deseamos cosas distintas a la vez. Puedo seguir a una celebrity perfecta por puro placer estético y, a la vez, pedir a las marcas que distribuyan el foco de manera más justa.
Solo un inciso: a 27 de enero de 2026, mientras pedimos una belleza más real, millones de personas siguen el ideal de belleza casi inalcanzable.
Kylie Jenner acumula 391 M en Instagram; Kim Kardashian, 353 M; Lisa (BLACKPINK), 106 M; Bella Hadid, 60,9 M; Jennie (BLACKPINK), 89,3 M; y Hailey Bieber, 55,7 M.
Y llegados hasta aquí, solo me queda reconocer el poder de lo aspiracional y, a la vez, cultivar una mirada más cercana a la realidad que sea exigente con el sistema.
