Cosmética y perfumería: tres riesgos que pueden comerse el margen de una marca

Eva Linares, socia consultora de ERA Group España
02 de Noviembre de 2026
Packaging, exportaciones y energía

Los últimos años nos han enseñado que los problemas no suelen llegar de uno en uno. Puede subir la energía, fallar un proveedor o cambiar las condiciones de acceso a un mercado exterior. Y lo que empieza como un problema de suministro o de compras puede terminar afectando al lanzamiento de un producto, al precio de venta o, directamente, al margen.

Sin embargo, solo el 10 % de las empresas españolas cuenta con un verdadero plan de contingencia, según el último estudio de Crédito y Caución e Iberinform, publicado en junio de 2026. El 40 % dispone de medidas básicas, el 32 % de acciones puntuales y un 9 % reconoce no tener ninguna estrategia.

En cosmética y perfumería hay tres frentes a los que prestaría especial atención.

1. El envase: ¿qué pasa si mi proveedor no llega a tiempo?

En cosmética, el envase no es un elemento secundario. Forma parte de la identidad del producto, condiciona su presentación y, en muchos casos, resulta determinante para el lanzamiento.

El nuevo Reglamento europeo de envases y residuos de envases es aplicable, con carácter general, desde el 12 de agosto de 2026. Sus implicaciones deben analizarse según el tipo de envase y los requisitos que correspondan a cada producto. Fuente: Reglamento (UE) 2025/40.

Pero, más allá de la normativa, ¿qué pasa si mañana mi proveedor de frascos, tarros, tapones o estuches no puede suministrarme? ¿tengo una alternativa preparada?

Cambiar de proveedor no siempre es tan sencillo como pedir otro presupuesto. Hay que valorar la compatibilidad, la calidad, los plazos y las validaciones necesarias. Si no se ha previsto una alternativa, un problema de suministro puede acabar retrasando un lanzamiento o comprometiendo las ventas que esperábamos conseguir con él.

Por eso conviene revisar tanto la dependencia de proveedores como las condiciones pactadas y las opciones reales de sustitución. Cuando surge el problema, el tiempo disponible para decidir suele ser mucho menor.

2. La exportación: ¿cuánto margen me queda si cambian las condiciones de un mercado?

Para una marca con presencia internacional, depender mucho de un mercado puede convertirse en una vulnerabilidad. Y no hace falta que las ventas caigan para que aparezca el problema: basta con que cambien los aranceles, las condiciones comerciales o los costes de distribución.

El acuerdo comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos, en vigor desde el 1 de julio de 2026, establece un límite arancelario general del 15 % para la mayoría de las exportaciones europeas, con excepciones según el producto y el régimen aplicable. En cosmética, es importante comprobar la clasificación arancelaria concreta de cada referencia antes de calcular su impacto. Fuente: Comisión Europea.

La cuestión para una empresa no es solo cuánto vende en Estados Unidos, sino qué rentabilidad obtiene de esas ventas y qué capacidad tendría para absorber un cambio de costes.

Si el coste de exportar aumenta, ¿puedo trasladarlo al precio sin perder competitividad? ¿Tengo margen para renegociar las condiciones comerciales? ¿Qué alternativas tengo si un mercado deja de ser tan rentable?

Son preguntas que conviene hacerse antes de que cambien las reglas. Porque vender mucho en un mercado no significa necesariamente mejorar el margen.

3. La energía y el transporte: ¿sé cuánto me cuestan realmente?

Fabricar, acondicionar, almacenar y distribuir productos cosméticos implica una estructura de costes que va mucho más allá de las materias primas. La energía, el transporte y los servicios asociados también influyen en la rentabilidad.

El problema es que, cuando cambian los precios, no todos los contratos se adaptan igual, y no siempre a favor de la empresa. Una empresa puede tener una tarifa energética fija o indexada; un transportista puede revisar el precio en función de la evolución del combustible, y otros proveedores pueden actualizar sus tarifas para trasladar los incrementos de sus propios costes.

Por eso no basta con saber que la energía o el transporte han subido. Hay que conocer cuánto representan en nuestros costes, qué condiciones hemos firmado y cómo se trasladan esas variaciones a la cuenta de resultados.

Y hay una cuestión adicional: ¿cuándo revisamos esas condiciones? Si los contratos se renuevan automáticamente y nadie comprueba si siguen siendo competitivos, la empresa puede mantener durante meses unos costes que ya no responden a las condiciones del mercado.

No se trata de cambiar de proveedor cada vez que aparece una oferta ni de perseguir el precio más bajo. Se trata de saber si estamos pagando un precio razonable por el servicio que recibimos y si las condiciones siguen teniendo sentido para nuestro negocio.

Un plan de contingencia no consiste en recortar por si acaso

Para mí, un plan de contingencia consiste, básicamente, en haber pensado antes qué haríamos si ocurre algo que puede afectar seriamente al negocio.

¿Qué gastos podemos ajustar sin perjudicar la actividad? ¿De qué proveedores dependemos demasiado? ¿Qué contratos limitan nuestra capacidad de reacción? ¿Quién debe tomar cada decisión y qué señales nos indicarían que ha llegado el momento de actuar?

También hay dos cuestiones que a veces se olvidan: asignar responsabilidades y revisar periódicamente el plan. Los proveedores cambian, los costes evolucionan y los riesgos de hoy pueden no ser los de dentro de seis meses.

Y conviene tener algo claro: prepararse no significa recortar preventivamente ni poner en riesgo la calidad, la innovación o los lanzamientos. En un sector como el beauty, donde la diferenciación del producto y la rapidez para llegar al mercado son tan importantes, una decisión mal planteada puede terminar costando más de lo que pretendía ahorrar.

Si tuviera que recomendar una sola prioridad, sería conocer bien la estructura de costes de la empresa y saber por dónde está más expuesta.

Qué partidas pesan de verdad, dónde dependemos de un único proveedor, qué condiciones tenemos firmadas y qué alternativas existen si algo cambia.

No podemos controlar todas las circunstancias externas. Pero sí podemos decidir cuánto conocemos nuestro negocio y qué opciones tendremos cuando las condiciones cambien.

La diferencia entre una empresa que se anticipa y otra que improvisa no está en que la primera no tenga problemas, sino en que dispone de más información, más alternativas y más tiempo para decidir.